Pequeñas panteras, grandes sueños: igualdad, fútbol y futuro

Hay un domingo cualquiera en Madrid en el que decenas de niñas, de distintos puntos de la geografía madrileña, se ponen las botas para entrenar. Vienen de clubes distintos, de barrios distintos, de historias distintas. Pero todas comparten algo: alguien, en algún momento, les dijo que sí podían jugar al fútbol.

Madrid Panthers es una asociación sin ánimo de lucro fundada en 2020 con un propósito claro: que ninguna niña se quede sin jugar al fútbol. Más de 1.000 niñas han pasado ya por el proyecto, y varias de sus jugadoras han debutado en la Selección Española y en la Liga F. Pero detrás de la cifra hay una pregunta que atraviesa todo el proyecto: ¿por qué, en pleno auge del fútbol femenino, sigue siendo tan difícil para una niña acceder a él en igualdad de condiciones?

El reto

Muy pocas niñas acceden al fútbol federado en igualdad de condiciones. La falta de recursos, de visibilidad y de apoyo estructural sigue siendo la principal barrera. No es un problema de talento ni de ilusión —eso sobra—, sino de oportunidades.

Una generación que ya no juega con los chicos

Hace apenas quince años, una niña que quería jugar al fútbol lo tenía que hacer en un equipo de chicos, siendo la única, la rareza, "la última letra del equipo". Hoy esa realidad ha cambiado, aunque no del todo.

Una jugadora que empezó su carrera en las canteras de Atlético de Madrid, Rayo Vallecano, Leganés y Real Madrid —hoy jugadora y entrenadora, con 22 años y quince de trayectoria— lo resume así: "Desde que yo empecé a jugar con chicos hasta ahora, casi todas las niñas que quieren empezar a jugar a este deporte pueden hacerlo en equipos femeninos." Pero avisa de un riesgo: que la base se olvide de sí misma. "Cuando pasas a categorías nacionales, los grandes clubes traen mucho de fuera y confían menos en la cantera, excepto el FC Barcelona. Y ahí están sus resultados." Su conclusión es clara: los clubes pequeños se están concienciando de que el femenino está en auge, pero las canteras deberían seguir apostando por lo propio.

Esa evolución se nota, sobre todo, en las más pequeñas. Una niña de infantil, que empezó a jugar a los cuatro años en el equipo del colegio —"solo estaba yo, y luego todo el resto eran niños"— ahora entrena en el Madrid FF, cuatro o cinco días a la semana. Su sueño no tiene medias tintas: "Ganar la Champions y el Mundial."

Aitana, que empezó a los tres años imitando a su hermano mayor, ha pasado por Zona Norte, Madrid Femenino y Atleti antes de volver al Madrid. Su ídolo es Aitana. Su sueño, debutar cuanto antes. Y cuando le preguntas si los clubes apuestan de verdad por el fútbol femenino, no lo duda: sí, y lo nota, porque ha vivido el cambio en primera persona, incluso dentro de su propia casa —su hermano, dos años mayor que ella, juega de portero y la anima.

La otra cara: la que no sale en las estadísticas

No todo es progreso lineal. Rafael Martos, entrenador de porteros que ha pasado por el FC Barcelona, el Atlético de Madrid y el Madrid CF Femenino, lleva más de una década viendo el fútbol femenino desde dentro. Y su diagnóstico es honesto: "Al principio se entrenaba a todo el mundo por igual. No se distinguían las particularidades del fútbol femenino, y menos aún en la posición de portera." Con los años, dice, eso ha cambiado —hoy su club tiene más de cuatro porteras y todos los clubes apuestan por esa figura—, pero queda camino. "La portería es una posición totalmente distinta. Hace falta alguien que la entienda y la trabaje. Y el tema de las lesiones también se ha notado mucho: la morfología es distinta, y como tal hay que respetarla y trabajarla."

Para Rafael, lo que falta para que crezca el fútbol femenino en España se resume en una palabra: inversión. "Los clubes están ahogados. Los que no tienen un masculino que los sostenga hacen un esfuerzo doble, porque no tienen esa red. Necesitan sponsors, necesitan personal. Y la gente de base me parece fundamental, porque son los que van a cuidar el futuro."

Pone un ejemplo que duele: el del propio Rayo Vallecano, el club donde empezó nuestra anterior jugadora entrevistada. "El Rayo fue un ejemplo en su momento, cuando muy pocos apostaban por el femenino. Pero cuando cambió la gestión, el destrozo fue total: las instalaciones femeninas, el primer equipo teniendo que jugar fuera de su estadio... Es una pena que la inversión no sea sostenida." Aun con todo, Rafael habla con orgullo de las jugadoras que ha visto crecer —Paula, que llegó al Betis; Hanna, primera portera del Valencia femenino; Puente, internacional en categorías inferiores; Belén de Gracia— y de un recuerdo que se lleva para siempre: el ascenso a Primera RFEF con el filial del Madrid Femenino, "una temporada en la que nadie creía en nosotros."

Cuando el apoyo empieza en casa

El cambio no siempre empieza en un club. A veces empieza —o se frena— en el salón de casa. El padre de una de las jugadoras cuenta cómo su hija se colaba en los entrenamientos de su hermano desde los tres años, hasta que empezó en Zona Norte, donde era la única niña del equipo. Cuando pidieron que la ficharan federada, la respuesta fue no. Tuvo que probar suerte en el Madrid FF, donde sí la aceptaron.

Lo más difícil, admite, no fue deportivo: "Al principio nadie nos apoyó, ni su familia ni la mía. Menos la mía. Era como que a la niña, mejor ponerla a bailar, no a fútbol. Un poco machista, pero bueno." Hoy, dice, esa misma familia ve a la niña entrenar todos los días del año —"verano, invierno, otoño, siempre está activa, no sé de dónde saca la fuerza"— y soñar con la selección española. Un sueño que su padre, con humor y con orgullo, describe así: "Sería una pasada. Un sueño."

La confianza como método

Luis Miguel Pindado es socio fundador de Madrid Panthers. Lleva trece años en esto, y cuenta que el proyecto nació de la frustración de un grupo de padres con un entrenador sin titulación ni interés real. "Dijimos: vamos a hacerlo bien de verdad. Invertir en los entrenadores, aunque cuesten más." Empezaron solo con chicos; las chicas llegaron seis o siete años después, y trajeron algo que él no esperaba.

"En los chicos, cuando llegan a cierto nivel, ya no quieren juntarse con otros que no sean de su mismo club o nivel. En las chicas eso no pasa. Les da igual, quieren jugar al fútbol. Y ahí nosotros les damos las herramientas." La metodología, insiste, es la misma para todos: "Ni mejor ni peor, mismo nivel." Pero reconoce un problema estructural que se repite en muchos clubes: los peores horarios de entrenamiento y de partido son, casi siempre, para ellas. "Como si fueran un comodín. Como si no importara."

Su verdadero orgullo es lo que llaman "el gen": la confianza. "Convencerlas de que no hace falta ser Maradona para disfrutar del fútbol. Que no hagan caso a lo que digan desde la grada, ni que eres muy mala ni que eres muy buena. Que el foco sea el campo." Y pone como ejemplo a su propia hija, Daniela, que mejoró tanto con el entrenador de porteros del club que terminó marchándose a Estados Unidos con una base que, dice, "le dimos aquí."

Pero cuando se le pregunta por la apuesta real de los clubes, Luis Miguel no se guarda nada: "Muchas veces tener un equipo de chicas te da una subvención, pero luego no se invierte en el entrenador. Hay gente profesional a la que le ofrecen cien euros al mes por entrenar tres días y jugar el partido. Con cien euros no puede vivir nadie que se ha sacado un título que cuesta mil euros, o tres mil si tiene los tres niveles." Lo compara con lo que ha visto en torneos como el Gothia Cup, donde los países más potentes ponen a sus mejores entrenadores en la base, no en la élite. "Aquí el modelo es al revés. Habría que exigir unos mínimos en los contratos, unos requisitos reales. Hay que potenciar la base, no solo mirar a la selección."

Lo que está en juego

El fútbol femenino en España ha cambiado más en una década de lo que cambió en las cuatro anteriores juntas. Las niñas de hoy no se preguntan si pueden jugar: se preguntan si van a llegar a la Champions, al Mundial, a la selección. Pero el crecimiento en las categorías inferiores no se sostiene solo con ilusión: hace falta inversión sostenida, entrenadores bien pagados y clubes dispuestos a tratar a sus futbolistas como lo que son, no como una casilla que rellenar.

Madrid Panthers lleva trece años apostando por esa base. Por eso el proyecto no habla solo de fútbol: habla de igualdad, de oportunidad y de futuro. Y ahí es donde entra la posibilidad de sumar más fuerzas —empresas y colaboradores dispuestos a formar parte activa de un proyecto que ya ha demostrado que funciona, uniendo impacto social y excelencia deportiva.

Porque, como dicen en Panthers, no hace falta ser Maradona para disfrutar del fútbol. Pero sí hace falta que alguien te dé la oportunidad de intentarlo.

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