Redefine el éxito
El Rayo nos devuelve lo que es nuestro: el fútbol
Vivimos tiempos en los que el fútbol se está convirtiendo en un lujo. Para las clases bajas y medias, ir a un partido ya no es un plan de domingo por la tarde: es un privilegio. ¿Quién puede permitirse hoy una entrada? ¿Quién puede pagar todas las suscripciones necesarias para no perderse ni un minuto de la temporada? Cada año el acceso se encarece, y cada año el fútbol se aleja un poco más de la gente que históricamente lo construyó.
Pero este año algo cambió.
El Rayo Vallecano llegó a una final europea. El equipo de barrio, el de siempre, el que estuvo en las malas —en las muy malas— y también en las buenas, plantó su bandera en un escenario que el dinero y la lógica del fútbol moderno reservan para unos pocos elegidos. Se podrían contar mil historias de cómo el Rayo, perdón, EL PUTO RAYO, llegó hasta ahí. Pero esta no va de estadísticas ni de tácticas. Esta es la historia de cómo se vivió esa final, a través de los ojos de su gente.
Vallecas, el día de la final
Yo llegué sin entrada, a ver el partido en las pantallas. Como tantos otros. Y daba igual.
Antes de ir al bar donde había quedado, me di una vuelta. Las calles llevaban días decoradas para la ocasión, pero ese día todo respiraba distinto. Amigos, vecinos, conocidos: ni una sola persona sin su camiseta del Rayo, porque ya se sabía —esto era histórico. Pasé por los murales, por el nuevo de Óscar Trejo. Por el mercado. Por la plaza donde los Bukaneros se reúnen siempre. Ilusión, felicidad, verdad. Esa cosa difícil de explicar que ocurre cuando algo que merece pasar, finalmente pasa.
Llegué a La Frasca y, con muchos eventos futbolísticos a mis espaldas, nunca había estado tan a gusto viendo un partido. No solo por el ambiente sano y antifascista —ya poco habitual—, sino por la amistad. No sé cuántos amigos hicimos ese día, por el apoyo colectivo, por la certeza compartida de que se estaba haciendo historia. Balcones con televisores. La misma camiseta en cada bar. Los mayores con sus casas decoradas. Todo el barrio en la calle.
Se perdió, sí. Pero ya era único ver Vallecas así. Las lágrimas, la emoción, el apoyo incluso en la derrota, me hicieron más rayista todavía. Porque el Rayo le devolvió a la gente lo que es suyo. Lo que también nos quieren quitar: el fútbol.
Ahora, el hueco es para ellos.
Alejandro: "El aficionado del Rayo premia a los valientes"
Alejandro llegó al Rayo siendo adulto, después de crecer viendo al Madrid con su abuelo y su padre. Redondo, Mijatović, Seedorf, la Novena, los Galácticos. Todo eso estuvo. Pero algo fallaba. En 2010, un amigo abonado le llevó por primera vez a Vallecas. El Rayo estaba en Segunda, entrenado por Sandoval, con Piti, Cobeño y el ya mítico Óscar Trejo. La entrada le costó cinco euros.
"Lo que más me impresionó fue la afición. Iban perdiendo y animaban. Era una cosa insólita para mí. El aficionado del Rayo premia a los valientes, a los que arriman el hombro, al que lucha y al humilde. Nobleza, valentía y coraje, como dice su lema. Ya esa primera vez supe que no iba a ser la última."
Para él, Vallecas significa lo mismo que podrían significar Carabanchel, Vicálvaro o Villaverde: un barrio obrero, de gente trabajadora, donde el equipo y el barrio no se explican el uno sin el otro. Por eso, dice, cualquiera que venga de un barrio obrero se siente identificado. La final europea fue "justicia poética. La lucha de David contra Goliat. Una gesta de un equipo con un estadio deteriorado por la dejadez de su directiva."
La unión entre barrio y club, para él, se resume en un solo episodio: en 2014, a Carmen, una vecina de 84 años, la iban a desahuciar. Jugadores y club se organizaron para ayudarla económicamente hasta que encontró una solución habitacional. "Solidaridad, humildad y esfuerzo. El Rayo es ese gol de Tamudo en el minuto 90 contra el Granada, certificando la permanencia en 2011. Todos los aficionados saltaron al césped. Jugadores y afición abrazándose y llorando de felicidad."
Y aunque el Rayo no ganó la final, lo que más le preocupa no es lo deportivo: "El Rayo es del barrio. Y su presidente no respeta ni al club ni al barrio. El campo debe estar donde está, pero reformado. Es una cuestión de identidad."
"El Rayo es diferente porque tiene conciencia de clase. Somos el barrio más grande de Europa: aquí tiene cabida toda la gente de barrio, aunque no sea de Vallecas."
Pelayo: doce mil rayistas en Leipzig
Pelayo no se hizo del Rayo. Lo sintió desde renacuajo. Su padre lo llevaba al campo, su madre se animaba de vez en cuando aunque el fútbol no fuera lo suyo, y su hermano era socio. Su padre trabajaba en el restaurante Cota del Estadio, así que la presencia en Vallecas era casi constante. No hay un partido que lo defina, dice; lo que le marcó fue descubrir una forma distinta de vivir el fútbol.
"No he nacido en Vallecas, pero he trabajado mucho por el barrio y tengo más amigos aquí que donde vivo. Ser del Rayo es representar valores mucho más allá de los resultados. En Vallecas da igual la edad o la situación de cada uno —tristemente, muchas veces esa situación es muy jodida— pero cuando juega el Rayo, todo el mundo lucha y empuja en la misma dirección."
Explicar la unión entre el Rayo y el barrio, dice, es casi imposible para quien solo entiende el fútbol a través de los títulos: "Aquí la gente no quiere al equipo porque gane. Lo quiere porque se siente reflejada en él. El Rayo representa la forma de ser de Vallecas: trabajadora, humilde, luchadora y orgullosa de sus raíces."
Pelayo vivió la final en Leipzig, con más de doce mil aficionados llenando las calles alemanas. El viaje empezó el lunes a las 4:30 de la mañana en Barajas, tras días de nervios que no le dejaban dormir. Llegó al aeropuerto cuatro horas antes sin ni siquiera necesitar facturar. En casa ya no aguantaba estar.
"Ibas por Núremberg o Berlín y te encontrabas a otros rayistas que también iban de camino, y se montaba una fiesta de verdad."
Cuando terminó la final, nadie quería moverse. Miles de rayistas se quedaron en la grada aplaudiendo, cantando, dando las gracias. "Hasta la UEFA y la seguridad se sorprendieron. En una época en la que parece que solo importa ganar, aquella noche Vallecas demostró que entiende el fútbol de otra manera."
Y en medio de todo eso, una historia que resume lo que es la familia rayista: sin saber dónde dormir en Leipzig, con los hoteles a mil euros la noche, un aficionado al que solo conocía de Twitter le ofreció una cama en su apartamento. Allí conoció a Celia, que había venido desde Australia —con escala en Doha— solo para estar en la final y volverse al día siguiente.
"Cada día me siento más orgulloso de este puto Rayo."
Álex: "Bajas el nivel económico pero el de la gente sube"
Álex es del Rayo desde pequeño, porque su tío es rayista y lo llevaba al campo, aunque él vive lejos de Vallecas. Siempre se ha sentido uno más del barrio. Su jugador es Trejo: ha visto al club en las buenas y en las malas, y no se cambia por nada.
"Vallecas es un barrio único en el mundo. Soy de Pozuelo de Alarcón, y cuando voy a Vallecas es algo que no se puede describir: bajas el nivel económico, pero el de la gente sube, porque todos son amigos."
Esa unión entre barrio y equipo, según él, no existe igual en ningún otro lado: "El Real Madrid tiene fans por todo el mundo, pero los de Vallecas son del Rayo, y no hay más. Se aprecia en detalles concretos: en ningún club de Primera los jugadores bajan del autobús y entran andando al estadio. Ahí está la cercanía."
Sobre la final, reconoce que nunca pensó que un club tan humilde llegaría tan lejos: "Se puede ver que a veces el dinero no lo es todo. No se encontró el tesoro, pero el camino ya fue enorme. Y seguiremos apoyándolo temporada tras temporada."
Cris: la que no sigue el fútbol y aun así lo tiene claro
Cris nunca ha seguido el fútbol. No le gusta. Pero lo tiene claro:
"Si tuviera que elegir un equipo, sería del Rayo. Por su gente, por su afición, por su espíritu. Y por lo que hicieron durante el COVID: sin dinero, sus Bukaneros nos dieron todo lo que tenían. Mascarillas, guantes, comida. ¿Y qué tenían ellos? Nada. Pero lo dieron todo. Ese es el espíritu del Rayo."
Gracias, Rayo. Por un sentimiento único. Por devolvernos lo que es nuestro.
Volveréis más fuertes. Y aquí estaremos.