"Nunca hemos estado dormidos"

Maricarmen Abascal murió el 7 de octubre, catorce días después de ser desahuciada del piso donde vivió setenta años. Tres personas que durmieron en la Puerta del Sol a raíz de su desahucio cuentan lo que les removió y lo que quieren que quede de ella.

Maricarmen vivió setenta años en el mismo piso de alquiler, en el barrio de Retiro. El 23 de septiembre, con 87, la sacaron de él en camilla. Murió catorce días después en el hospital, el miércoles 7 de octubre, cuando ya había un acuerdo para que volviera a casa. No volvió.

Entre una fecha y otra, miles de personas que no la conocían llenaron la Puerta del Sol con su nombre, y muchas se quedaron a dormir. Este texto quería contar por qué lo hicieron. Ahora es también una forma de despedirla.

Hernando y Jaime son dos de los que durmieron en la plaza. Ninguno la conoció. Respondieron antes de que muriera y hablan de ella en presente; así se ha dejado. Carlos, fotógrafo, vive en Tetuán y al salir de trabajar vuelve cada día a la acampada. Habló después. Los tres vienen del mundo del arte.

La última gota

Hernando y Jaime llevaban años viendo subir los alquileres. Lo que los sacó de casa fue ella. Para Hernando, su desahucio fue "la última gota que ha colmado un vaso que lleva años llenándose".

Hernando se vio reflejado en una señora de 87. Ella había pagado siempre su renta, y aun así la echaron: "Si a ella han podido echarla a la calle, a nosotras también podrán".

A Jaime el desahucio le pilló poco informado, y lo que le quedó fue "la impotencia de no haber podido estar ahí" mientras otros intentaban pararlo. "Al final es algo que te toca, porque son tus barrios", dice. "Yo no vivo allí, pero crees que podrías haber ayudado, y no fue así". De ahí le viene "ese sentimiento de querer meterle mano a las cosas cuando son injustas".

También él se reconoce en ella. "Nos vemos reflejados", explica: una persona que vivía tranquila de alquiler y a la que un día dejan sin casa. "Esto nos va a pasar a todos y cada uno de nosotros". Y saca la misma conclusión que Hernando: "Si no luchas, se lo quedan ellos". Ellos son "los tenedores, los propietarios, los fondos buitre".

Tres días después del desahucio, Sol se llenó y parte de la gente se quedó a dormir. La plaza le arrancó al Gobierno dos decretos de vivienda. Duraron tres días: el viernes 2 de octubre, el Congreso los tumbó. Después llegó la convocatoria de elecciones. La acampada sigue en pie.

Terminarla allí

Carlos vivió la noticia de su muerte, dice, "con muchísima tristeza y también con mucha rabia". Su primera frase al hablar de ello es esta: "Maricarmen no ha muerto. La han matado". En Sol, cuenta, el golpe fue de todos: "De alguna manera, hemos sentido que estábamos luchando por ella".

"Lo más duro es pensar que Maricarmen llevaba toda una vida en su casa, que tenía 87 años y que terminó siendo expulsada de ella", dice. "Se llegó a un acuerdo para que pudiera volver, pero murió sin haber podido regresar a su hogar".

No quiere hablar por ella. Pero cree que su caso deja una pregunta que no se puede esquivar: "Cómo puede ser que una persona que ha vivido toda su vida en un lugar no tenga garantizado poder terminarla allí".

Para Carlos, Maricarmen ha hecho que detrás de las cifras se vea a alguien. Su caso ha mostrado, dice, "hasta qué punto la vivienda no es solamente una cuestión de cuánto cuesta un alquiler. También es poder quedarte en tu casa, no verte obligada a abandonar tu barrio y tener una vejez digna".

Cuatro pisos desde los 20

A la media hora de llegar a la Puerta del Sol, Hernando ya había pasado allí más tiempo que en el resto de su vida. Vve en Madrid, pero la plaza más famosa de su ciudad nunca había sido un sitio donde quedarse. "Nunca había visto tanta gente de la ciudad disfrutando de esta plaza", dice. Y suelta una frase que es broma y no lo es: "¡Por fin he podido dormir en el centro!".

Hernando se independizó a los 20 años. Desde entonces ha pasado por cuatro pisos, siempre compartiendo con tres o más personas. "Una habitación siempre me ha quitado más de la mitad del sueldo", resume. Hoy él y su pareja pagan 690 euros cada uno por un piso pequeño en Usera.

De ahí viene. "Vine a Sol porque no había opción. No podía seguir quieto viendo cómo pisotean nuestro derecho constitucional a una vivienda digna".

La cifra dejó de piedra a su suegro. "Él, propietario ya de su piso, seguía pensando que un alquiler costaba lo mismo que en los 60", cuenta. Ahí sitúa Hernando el malentendido entre generaciones: "Se nos ha tachado de vagos y quejicas porque gran parte de la población no ha sido consciente del cambio que ha acontecido a su alrededor".

Habla en femenino plural y no distingue por edades: "En esta lucha la brecha generacional se disuelve al completo. Esto es, al cabo, una lucha de clases. Siempre lo ha sido y siempre lo será".

Jaime, lleva "una semana y pico" en la acampada, aunque ha tenido que salir unos días para trabajar. Llegó por lo mismo que Hernando, por lo que ve "cada día": "Cómo van subiendo los precios de los alquileres, cómo va subiendo el precio de la vivienda, cómo los ricos se van haciendo más ricos, los pobres más pobres".

Carlos tiene trabajo y vive de alquiler en Madrid, en una situación "que puede parecer estable". Su rutina de estos días lo explica: "Me levanto cada mañana, voy a trabajar y después vuelvo a la acampada. Como muchísima gente". Por eso insiste en que en Sol no hay gente sin nada mejor que hacer. "Estamos aquí precisamente porque trabajar debería permitirnos vivir, tener una casa y construir un futuro".

Habla de una promesa que no se cumple: "Durante mucho tiempo se ha transmitido la idea de que, si estudias, trabajas y haces las cosas bien, podrás independizarte, tener una casa y construir tu proyecto de vida. Pero cada vez es más difícil que esa promesa se cumpla".

¿Dormidos?

¿Los despertó ella? Depende de a quién se le pregunte. La frase que titula este reportaje es de Hernando, que rechaza la idea de que su generación acabe de despertar: "Nunca hemos estado dormidos. Las jóvenes llevamos años manifestándonos por los derechos de todas, independientemente de la edad".

Jaime no la firmaría, y empieza por él mismo. "Efectivamente, sí que estábamos dormidos. Yo sí, vamos". Extiende el diagnóstico a toda la izquierda, a la que ve "bastante dormida" y contemplativa a pesar de todo lo que está pasando.

Cuenta que en los primeros días de acampada se hablaba "todo el rato de desesperanza", de poca fe en que aquello fuera a ir para adelante. Y que lo que les ha movido es justo lo contrario: "La esperanza de pensar que (...) podemos cambiar cosas que no hemos podido cambiar en las urnas". Cuando ves que la gente se junta, dice, "qué menos que movilizarte tú también con ellos".

Le queda una pena: "Que siempre tengamos que vernos despiertos por la rabia". Y una certeza sobre dónde no se arregla nada: "Desde el Instagram no se cambia nada, ni de subir historias".

Tu casa, no la de otro

Hernando contestó a estas preguntas el mismo viernes de la votación , el viernes 2 de octubre de 2026,, y hay una que deja en blanco: qué pedían exactamente con el decreto. Prefiere no responder, explica, porque no sería capaz de hablar del tema "sin pedir la cabeza de todos los políticos que hoy han votado no". Lo que sí dice es para qué está en la plaza: "Para decirle a los rentistas, a los buitres y a los políticos que ya no nos conformamos con migajas".

Jaime sí la contesta, y no habla de artículos. Habla de sentirse en casa. Lo que se pide, dice, son "derechos para los inquilinos": "Para que no puedan jugar contigo, para que no te puedan echar de un día a otro". Qué mínimo, añade, que "como inquilino, sentirte protegido y sentir que esa va a ser tu casa, no la de otro".

Lo explica con una cuenta que cualquiera que viva de alquiler ha hecho alguna vez: "Te tiras pagando diez años (...) y sigues sintiendo que es la casa de otra persona, porque en cualquier momento puedes estar de patitas en la calle". Mientras tanto, la vida entera gira alrededor de "tener que pagar un alquiler que es de sueldos enteros".

Maricarmen llevaba setenta años de alquiler en el mismo piso.

Una plaza que no era suya

Que Hernando apenas hubiera pisado Sol no es casualidad. Describe la plaza como "un espacio hostil y capitalista". Lo que le asombra de estos días es justo lo contrario: verla llena de gente de la ciudad.

Jaime lo cuenta desde los barrios. Se habla mucho, dice, de que "si cobras mil euros al mes no vas a poder vivir en un barrio del centro", y él se niega a darlo por bueno: "No me lo puedo creer. Esos son los barrios de toda la vida de la gente. Son los barrios donde se han criado, donde se ha criado su familia". El de Maricarmen era Retiro, desde 1956.

Pone un ejemplo. "¿Cómo vas a tener a profesoras de colegio en tu barrio? Y las necesitas, porque está claro que la gente va allí al cole. ¿Cómo vas a tenerlas en tus barrios si no tienen para pagarse un piso? Tienen que venir todas desde fuera". Y le pone nombre a lo que sale de ahí: "Estamos creando una sociedad absolutamente dividida y de clases".

Carlos lo ve en su propia calle. Su barrio, Tetuán, "está viviendo un proceso de gentrificación": "Cada vez hay menos locales y más viviendas en los bajos. Más franquicias multinacionales y menos negocios de barrio. Más colivings y menos casas". Cuando la gente tiene que irse, explica, "no solo cambia quién puede vivir en un barrio: cambia el propio barrio".

"Un barrio no es solo sus edificios. Es la gente que lo habita, que se conoce, que se cuida y que hace comunidad", dice. "Y creo que tenemos derecho a poder seguir formando parte de nuestros barrios".

Por eso Hernando no habla de ocupar la plaza. Habla de "recuperar", y solo se recupera lo que te han quitado. Cuando se le recuerda que la Comunidad de Madrid pide desmantelar la acampada, contesta con tres preguntas: "¿La comunidad de buitres? ¿La de pisos turísticos? ¿La de Apple Store?". Asegura que la acampada recibe el apoyo "de muchísima gente, comercios incluidos", y cree saber qué es lo que molesta: "Si nos unimos, somos más que ellos. Y eso es lo que les asusta de esto".

Tampoco esquiva la acusación de que el caso de Maricarmen se está usando políticamente. La asume. "Por supuesto que el caso se está usando políticamente: vivir es político. Esta acampada tiene una clara función política: exigir una vida digna. Y eso empieza por tener un techo encima de nuestras cabezas".

Y remata con ironía: "Disculpad nuestras ideas de extrema izquierda, pero queremos vivir plenamente la única vida que tenemos en vez de gastarla en enriquecer a los de arriba".

A quien dice que acampar no sirve de nada, Jaime le contesta con lo que ha pasado estos días. "Creo que está sirviendo de muchísimo. Creo que ha puesto las pilas al Gobierno". Y con algo que para él pesa más que un decreto: "Se está poniendo en la mesa un problema que llevaba silenciadísimo porque parecía incambiable".

Una ciudad desde cero

Hernando lo primero que señala de la acampada es lo que se ve. "Nadie está hablando de la importancia que está teniendo el arte aquí", dice. "Hay carteles preciosos que te atraviesan al leerlos". Enumera: artistas que donan sus fanzines, gente que hace serigrafía y regala las piezas, jotas extremeñas, poemas de esperanza. "Este pueblo que hemos creado es un museo de la lucha y el apoyo mutuo".

Donde Hernando ve un museo, Jaime ve una ciudad. "Crear un poco una ciudad desde cero, un espacio donde habitar con gente que está en tu lucha", lo describe. Enumera lo que hay montado: una ferretería, un comedor, una peluquería, un psicólogo, hasta "un sistema de urbanismo". Servicios que están, dice, "para ayudar a la gente".

De todo lo que ha vivido se queda con una noche. Iban a acostarse y encontraron a un chico senegalés durmiendo en la puerta de su tienda, casi cortando el paso. No tenía casa, tenía miedo y solo hablaba francés. Al principio les sorprendió. Enseguida se alegraron: "Qué bonito ver que hay gente que ha encontrado, donde nosotros hemos creado una lucha, un refugio para sentirse seguros, donde pueden comer, desayunar, cenar, (...) donde pueden dormir a gusto".

Una compañera habló con el Sindicato de Inquilinas y al día siguiente el chico tenía tienda, compartida con otra persona que también estaba en la calle. "Para eso estamos, ¿no?".

Carlos se queda con lo que ha visto hacer a gente que no se conocía de nada: "Organizarse, compartir comida, limpiar la plaza, ayudar a quien lo necesita". Y con una idea: "Los problemas colectivos necesitan respuestas colectivas".

A Hernando, lo que más se le ha quedado son tres preguntas. "¿Te ayudo con algo? ¿Necesitas algo? ¿Estás bien?". Las oye de boca de tantos desconocidos que está, dice, "al borde de llorar constantemente. De felicidad, eso sí". Para él, la acampada sirve sobre todo para eso: "Crear redes, comunidades y hacer que la gente se sienta menos sola".

No todo el que pasa por la plaza pregunta eso. Jaime cuenta que cada día hay gente que les grita y les insulta, y habla de grupos "nazis y fascistas". La respuesta, asegura, es tranquila: intentar hablar con quien pasa.

Lo que deja

Si dentro de veinte años alguien le pregunta por estos días, Hernando ya sabe qué va a contar. Que durmió en el centro. Que desconocidos le preguntaban si estaba bien. "Que este pueblo que hemos creado ya nadie nos lo quita".

Jaime contaría lo emocionante de haber compartido lucha "con un montón de gente joven" justo cuando más desesperanzados y más dormidos se sentían, y de ver crecer "la ciudad de la acampada". No se engaña sobre lo que viene: "Obviamente tiene fecha de caducidad la acampada". Lo que no sabe es qué quedará. "No sé si la gente se volverá a meter en casa y volverá a la misma dinámica", dice. "Sea como sea, lo que nos queda es confiar".

Lo que le pesa es el día en que se levanten las tiendas. "Qué pena pensar en cómo va a volver a estar la plaza cuando nos vayamos", dice. "Habrá más espacio, pero se sentirá más pequeña".

Carlos no quiere que todo esto se quede en una foto. "Lo importante es que la acampada no sea un paréntesis, sino un punto de partida", dice. "La movilización no puede depender de que haya una tienda en Sol. Tiene que continuar en nuestros barrios, en las asambleas, en los sindicatos".

Dentro de veinte años, le gustaría contar sobre todo cómo se cuidaban. Y poder decir algo más: "Ojalá dentro de veinte años podamos mirar atrás y que nos parezca normal que una persona pueda pagar una casa con su trabajo, quedarse en su barrio y construir una vida sin miedo a perderlo todo".

Hernando no llegó a conocerla. Días antes de que muriera, cuando ella seguía en el hospital, dejó dicho esto: "Desde aquí mando un abrazo muy fuerte a Maricarmen. Siento todo lo que te ha pasado. Gracias por seguir luchando".

Días después, ya sin ella, Carlos lo dice a su manera: "Maricarmen nos pidió que lucháramos, y así haremos".

Texto y fotografías: Irene Villanova.

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